Antoine Griezmann salió relajado a Riazor. Peloteó con la grada en la previa, sin saber —o quizá sí—, que tenía en sus botas la llave de los cuartos de final de la Copa del Rey.
El Atlético de Madrid, contenido, se encomendó a su talento para superar al Deportivo, pese a que el equipo de Hidalgo no se arrugó frente a uno de los gigantes del fútbol español.
Ni el Dépor ni Riazor se dejaron intimidar por la entidad de su rival. La marea blanquiazul, sedienta de grandes noches tras la larga travesía por el desierto de los últimos ocho cursos, hizo del estadio una caldera y apretó hasta terminar con la garganta al rojo vivo.
Pero poco de eso importa cuando el equipo contrario está dirigido por un mago imprevisible. Griezmann jugó ataviado con la capa y la chistera. Cómodo, casi a chispazos, no le hizo falta más. En la primera mitad dejó un par de centros que sus compañeros no aprovecharon, pero silenció al estadio al filo del descanso. Recibió un balón en la frontal, armó la pierna sin pensarlo y envió un trallazo al larguero que tambaleó la portería de Germán y los cimientos del feudo coruñés. Fue un preludio de lo que estaba por venir. Y quien avisa no es traidor.
Ese francés menudo, inteligente y brillante que siempre sabe cómo resolver las cosas de un modo espontáneo. Porque al talento no le salen arrugas. Y Griezmann quiere más serpentina en el Atleti. Abrir las vitrinas del museo. Viajar a Neptuno. En Riazor volvió a sacar el pincel para llevar al Atleti a los cuartos de Copa. El mejor Atleti sigue siendo Griezmann y diez más.