Tres partidos fueron suficientes para que el Bayer Leverkusen tomase la drástica decisión de fulminar a Erik ten Hag. El entrenador neerlandés, que llegó al club alemán en el mes de julio con el objetivo de consolidar al equipo de las aspirinas en la élite europea, no llegó ni a la tercera jornada liguera. Debutó oficialmente con victoria en la primera ronda de la Copa, pero un empate y una derrota en los dos primeros encuentros de Bundesliga fueron suficientes para dinamitarlo todo.
Tal y como señalan medios alemanes, el neerlandés quedó sorprendido y dolido, aunque en el club hacía tiempo que se acumulaban señales de alarma. “Teníamos la sensación de que esto iba en una dirección equivocada, y antes de llegar al destino equivocado, preferimos actuar ya”, explicó Rolfes. La directiva percibía a un equipo perdido en conceptos básicos, sin claridad sobre qué hacer sobre el terreno de juego. “Era fundamental que existiera una cierta hoja de ruta, y eso lo echamos en falta”, añadió el director deportivo, reconociendo abiertamente que se había equivocado en la elección del sucesor de Xabi Alonso en el banquillo renano.
Uno de los episodios que terminó de dinamitar la confianza fue el fichaje de Lucas Vázquez.
Según el diario alemán Bild, el ex del Real Madrid fue incorporado como refuerzo estrella sin que Ten Hag estuviera al tanto de la operación, que se cerró a sus espaldas. El 26 de agosto, cuando el contrato ya estaba firmado y el reconocimiento médico realizado, el técnico habló por primera vez con su nuevo jugador. Dentro del club se interpretó que la brecha era ya irreparable: si no se incluía al entrenador en la toma de este tipo de decisiones estratégicas, era porque la dirección había dejado de creer en él. Seis días después, el despido se hizo oficial, sin fórmulas de cortesía ni palabras de agradecimiento. El comunicado, seco, fue una confirmación de que la convivencia nunca funcionó.