Poco más necesita un delantero para liberar todos sus temores que un gol. Viven de ello, se alimentan de ello, pero cuando escasea es capaz de nublar la vista de cualquiera. Incluso la de un campeón. Para Álvaro Morata, ese calvario particular que viven los arietes cuando la pelota no entra estaba siendo interminable. Prácticamente insufrible.
Pero terminó este martes y lo hizo con un grito de rabia al cielo que liberó todas las tensiones de golpe haciendo lo que mejor sabe: marcar goles.Lo hizo en un nuevo partido de sobresaliente de este impecable Como de Cesc Fàbregas. Esta vez fue en la Coppa Italia, donde el conjunto del de Arenys de Mar se enfrentaba a la Fiorentina en octavos de final.
Y quizás no fue el tanto más bonito de su carrera; un remate de primeras tras un centro lateral que es casi un trámite para alguien como Morata. Pero sí fue importante por lo que significaba, y es que Álvaro no marcaba desde el 24 de mayo. Fue con el Galatasaray, en su corta estancia en Turquía como cedido del Milan, y desde entonces no había visto puerta. La espera terminó en el Artemio Franchi.