Fin del efecto Arbeloa/Pintus, ese clavo ardiendo al que el Madrid quiso agarrarse antes de tiempo. Así que conviene mirar a una plantilla devorada por la falta de ingenio y el exceso de lesiones. El hecho de que Tchouameni se haya convertido en jugador troncal lo explica todo. Mirarle a él significa que no hay alrededores. Ante el Getafe volvió ese equipo plomizo que acabó fuera del top 8 en la Champions, que se deshizo en Pamplona, que ya no está en la Copa y que se encuentra a un paso de tampoco estar en la Liga. En el Vinicius contra el mundo ganó el mundo y el Madrid se acostó a cuatro puntos del Barça, con la sensación de que ya se le han ido todos los trenes en la competición y con la sospecha de que Arbeloa quizá no pueda con esto.
El Getafe fue la pista americana de siempre. Una sucesión de obstáculos que juega con el tiempo y el espacio (o la falta de él, que angustia al rival) y con un futbolista fantástico, Arambarri, que quizá merecería dar un día nombre al Coliseum. Así pudo Bordalás conseguir su primera victoria frente al Madrid después de 17 partidos. Del fútbol no se irá con ese trauma.
El Madrid necesita mejorar mucho para poder competir LaLiga y parece que la Champions empieza a asomar como el único clavo ardiente al que agarrarse. De no ganar nada, sería la segunda temporada consecutiva sin lograr ni un solo título importante. El momento es duro, especialmente porque si finalmente sucede obligaría a muchas preguntas.