Las dos patas que fallaron a Lamine

Quien dude de Lamine Yamal y de su extraordinaria capacidad futbolística tiene pocos argumentos más que un forofismo extremo al que conviene no acercarse. Ese no es el debate con el supertalento culé. El análisis es más profundo. La semana del crack del Barça ha sido tan dura que merece una considerable reflexión. Es evidente que queda trabajo importante por delante con él. Algo debe hacer.

Todo empezó con un Clásico intrascendente y continuó con una gala del Balón de Oro en la que fue claramente el gran perdedor.

No hay duda de que a Lamine le persigue una personalidad irreverente y transgresora que gusta más entre los de su propia edad que entre los adultos, precisamente el rango de edad de los votantes al Balón de Oro. Su capacidad de farmear aura entre la juventud es inversamente proporcional al rechazo que provocan algunos de sus actos entre los más maduros. No es una crítica, es una descripción.

El problema es que esto no se trabaja en dos meses sino en el día a día. El Balón de Oro es la sucesión de títulos y goles, pero también de años y años de convivencia con la opinión pública, aquella sobre la que se proyecta una u otra imagen. Es ahí hacia donde debe apuntar Lamine. Hacia la cotidianidad.

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