Santi Cazorla (Llanera, 1984) cumplió su promesa y devolvió al Real Oviedoa lo más alto.
Dos décadas hacía que no pisaba la máxima categoría del fútbol español, desde la temporada 2000/2001 para ser exactos. Y, tras caer ante el RCD Espanyol y quedarse con la miel en los labios en 2024, sería el hijo pródigo el encargado de echarse a la espalda a una plantilla que festejaría su centenario (26 de marzo de 1926) en Primera División.
La fe del asturiano, leyenda viva de este deporte y luchador nato, lideró la épica del Real Oviedo en el Carlos Tartiere tras el 0-1 de Joaquín Panichelli en los primeros compases del partido. “Lo único que sé es que voy a estar sí o sí. Es el momento de arriesgar”, expresó en la previa un Cazorla que sufría ciertas molestias en su rodilla izquierda. Le dio absolutamente igual: fue el alma de una fiesta sinigual en la capital del Principado.
Cazorla pasó por un momento complicado de salud en su carrera, cuando militaba en el Arsenal. En 2013, en un amistoso contra Chile, empezó una tortura. “Recibí un golpe que me fracturó un hueso del pie. Fue entonces cuando empecé a recibir inyecciones de corticosteroides para aliviar el dolor. Con el tiempo, se volvió insoportable. Prácticamente jugaba llorando. Ya no lo disfrutaba. Cuando salí del campo ese día, le dije al médico: “Se acabó, tenemos que encontrar una solución”.